La feria gastronómica más importante de Latinoamérica
Lima – Perú
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11.05.2015

En La Parada están mi vida, mi gente, mis hijos

Nací en Ica hace 66 años. Me llamo Nery Martínez, pero en el Mercado de Santa Anita todos me conocen como la Tía Cachete.

La ficha

Nací en Ica hace 66 años. Me llamo Nery Martínez, pero en el Mercado de Santa Anita todos me conocen como la Tía Cachete. Aprendí a cocinar mirando a mi mamá. Tengo siete hijos y, cuando lo que ganaba mi esposo no fue suficiente, salí a vender comida. Tengo 34 años preparando platos criollos y vendiéndolos en una carretilla. El año pasado gané el premio Teresa Izquierdo, de Mistura, con mi locro con quinua. Este año, si Dios quiere, voy a trabajar en Mistura, en el stand de carretas.

¿Cuándo te hiciste cocinera?

Empecé cuando ya tenía a mis siete hijos. Por necesidad salí a trabajar… Cuando tuve mi última niña, lo de mi esposo ya no alcanzaba, pues. Entonces, una vecina, que tenía puesto en La Victoria, un día me dijo: negra, vamos a vender comida a La Parada. Así comencé y, poco a poco, me separé y comencé a trabajar independiente.

¿Y de dónde heredaste esa mano?

De mi madre. A mí me gustaba verla cómo cocinaba. ¿Sabe por qué? Cuando era pequeña, a mi hermana la mayor mi mamá la dejaba cocinando y se iba a trabajar. Es que mi papá nos dejó, pues.

¿En qué trabajaba tu mamá?

Ella hacía y vendía tamales… Y mi hermana no cocinaba bien, porque estaba con el enamorado, y cuando mi mamá venía, la resondraba y le pegaba. Yo tendría ocho años y, cuando mi mamá cocinaba, yo miraba cómo hacía, aprendía y pensaba “para que después mi mamá no me pegue”.

Y esa parte tan creativa, propia, ¿cómo nació?

Para la cocina, uno tiene que tener, cómo se puede decir, amor, o sea, entregarte. Señorita, no es que yo me alabe, ahí están mis hijos. Yo te cocino una sopa riquísima sin necesidad de carne o gallina, solo con verduras, con huesitos.

¿El amor es un ingrediente?

Sí. Yo, en la cocina, me entrego totalmente, me olvido de todo. Me gusta que mi comida lleve todo lo que debe llevar, no echarle lo barato. Yo no te trabajo con cualquier arroz o fideo. No. Ya mis clientes me conocen.

¿Qué es lo que mejor te sale?

Todo lo criollo me sale muy bien. Al menos mi carapulcra, mi cau cau, mi patita con maní me salen riquísimos. Aunque usted no crea, ¡la patita cómo sale! En La Victoria he trabajado 33 años y todos los lunes mi cau cau era ley.

¿Y cuándo pasaste a Santa Anita?

Allí recién estamos dos años. Yo he trabajado toda mi vida en La Victoria. Antes era difícil. Nos quitaban nuestras cosas. Poco a poco me hice conocida de los guachimanes. “Cuidado, va a haber batida”, me avisaban y ya yo me escondía. Cuando no nos dejaban entrar, sacaba una olla, la ponía en una canasta y encima le ponía verduras. He sufrido mucho. A veces me daban ganas de sentarme y no entrar. Pero ahora ya trabajo con carnet, tenemos permiso, trabajamos con cochecito. Pero entrar a Santa Anita también nos ha costado lágrimas, señorita.

¿Cómo te animas a participar en el concurso de Mistura?

Acá, a Santa Anita, vinieron chefs de la universidad buscando gente como nosotros, que tenemos años trabajando como ambulantes. Y como yo soy conocida en el mercado como la Tía Cachete, fui la primerita que llamaron.

¿Cómo nació lo de Tía Cachete?

El que me puso ese apodo fue un mayorista de zapallos. Él me decía: un día tú vas a ser famosa, Tía Cachete.

Tú, que haces comida criolla, ¿cómo ganas un premio con comida andina?

Es que en el concurso nos daban 40 minutos para preparar, para presentar y todo. Entonces yo pensé hacer mi carapulcra, pero no me iba a salir bien, porque tiene que hervir lento, así que dije: voy a preparar locro con quinua.

¿Y cómo hiciste?

Nosotras hemos traído todo picadito, todo limpio ya… El jurado se daba la vuelta mientras cocinábamos. Primero me puse nerviosa, porque era un jurado de altos, blancos… Después ya me puse tranquila y comencé a preparar. Yo fui la segunda en entregar mi plato.

¿Y qué dijo el júrado?

El primero probó mi locro y dijo: primer locro que veo que no bota agua. Después pasó a la otra señorita y dijo: se parece al locro de mi abuelita. Y me pregunta: ¿por qué has preparado locro? Le digo: porque estamos en el año de las comidas nutritivas y porque nuestro Perú produce todo. Muy bien, me dijo.

¿Y qué pensaste después, cuando te dijeron que ganaste?

Uy, ¡fue una emoción! Y fueron todos mis hijos. Yo tenía que hablar y dije lo que verdaderamente salía de mí. Todos mis hijos lloraron y el señor de Apega me felicitó.

¿Ahora qué sientes sobre eso?

¡Es algo tan lindo! Una experiencia que Dios me dio (se le quiebra la voz), porque me llevo esas cosas que quizás me hubiera muerto y nunca las habría visto. En la universidad, ¡esas cocinas! Yo sé cocinar a mi manera, con mis ollas, con mi cocinita, pero nunca en mi vida había visto eso.

¿Sientes que cambió tu vida?

No le podría explicar. No es tanto lo que he ganado, sino la experiencia que he vivido, lo que mis ojos han visto, lo que mi mano pudo hacer, algo que yo nunca había pensado. Yo siempre he querido ser un ejemplo y un orgullo para mis hijos.

¿Qué sueño te queda ahora?

Mi sueño, toda la vida, ha sido tener mi restaurante en mi casa. Hasta que recibí el premio de Mistura, mi meta era esa, pero, como estoy un poco mal de los huesos, tengo artrosis, ya va a ser difícil para mí…

¿No piensas cumplir tu sueño pese a la publicidad que te da Mistura?

Ahorita ya no. Estos brazos ya no tienen fuerza. ¡Cuántos años madrugando! Yo quisiera seguir mi trabajo, aunque ya no todos los días, porque en La Parada están mi vida, mi gente, mis hijos.

(Entrevista por Maritza Espinoza – Fuente: La República)

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